La feminización de la vejez

Entre 1990 y 2017, ha aumentado la proporción de adultos mayores con respecto al resto de la población. En 1990 representaban un 9% de ésta, mientras que 27 años después representan el 15,8%.

Las mujeres tienen menor tasa de mortalidad y mayor esperanza de vida, por eso la mayoría de los adultos mayores son mujeres (55,0%).

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Fuente: INE, 2014, Población, País y regiones: Actualización población 2002-2012 y proyecciones 2013-2020.

Las mujeres mayores tienen un menor nivel educativo que los hombres

La sociedad ha ido avanzando, pero en aspectos como la escolaridad, las personas de mayor edad quedaron rezagadas, su tasa de analfabetismo, por ejemplo, es tres veces superior que la de la población adulta: en las mujeres alcanza un 9,1%, y en los hombres, un 7,7% (2015).

En cuanto a años de escolaridad, el promedio tampoco supera los necesarios para completar la actual educación básica, y las adultas mayores tienen menos años de escolaridad que sus pares masculinos con 7,7 años versus 8,4 años respectivamente.

Fuente:  Encuesta CASEN 2015.

Años de escolaridad de las mujeres
2

Fuente: Encuesta CASEN 2015

Años de escolaridad de los hombres
1

Fuente: Encuesta CASEN 2015

Bajos ingresos y dependencia económica en las mujeres mayores

Aunque la proporción de adultos mayores sin ingresos propios ha disminuido en el período, siendo mucho mayor para las mujeres que para los hombres, la brecha entre ambos – en desmedro de ellas – prevalece. Si se consideran solo los ingresos autónomos, en 2015 un 35,8% de las mujeres de 60 años o más no cuenta con ellos, cifra que es casi tres veces inferior en el caso de los hombres (12,9%).

Porcentaje de la población de 60 años o más, sin ingresos propios, por sexo, 1990-2015

1990
2000
2015

Fuente:  Elaboración propia en base a Encuesta CASEN 1990, 2000 y 2015.

Más mujeres mayores en el mercado laboral retrasando su jubilación

Aunque la participación laboral de los hombres mayores es superior a la de las mujeres (51,0% versus 20,8% en 2016), ellas han más que duplicado su inserción en los últimos 26 años. De las ocupadas casi la mitad tiene más de 65 años. Para aquellas que quisieran descansar y se ven obligadas a permanecer en el mercado del trabajo a consecuencia del bajo monto de las pensiones que reciben, estos antecedentes no constituyen una buena señal.

De hecho, en el grupo con 60 años o más hay una brecha entre la edad legal de jubilación y la edad de retiro. En 2014, Chile presenta la quinta edad de retiro más alta de la OCDE; mientras las mujeres se retiran 7 años por sobre la edad de jubilación y 3,9 años por sobre el promedio OCDE, los hombres lo hacen 3,4 años sobre la edad legal y 3,8 sobre el promedio OCDE. En promedio, dentro de la OCDE, la diferencia entre la edad de jubilación legal y la de retiro es de 0,6 años para los hombres, y no existe diferencia para las mujeres (OCDE, 2015).

Tasa de participación laboral de adultos mayores (60 años y más), por sexo, 1990-2014

Fuente:  Elaboración propia en base a ENE y NENE, 1990-2016

Pensiones, el complejo caso de las mujeres

 De acuerdo con la Superintendencia de Pensiones, del total de pensionados por vejez en el sistema contributivo en 2016, un 59,5% son mujeres y, entre ellas, la mayoría pertenece al sistema de capitalización individual (62,4%). Dicho sistema, donde la pensión se corresponde con lo que cada persona logró acumular en su cuenta, es perjudicial para las mujeres, por la alta tasa de inactividad, la segmentación ocupacional, los bajos salarios, la informalidad y los microemprendimientos de subsistencia, la menor densidad de cotizaciones –lagunas previsionales, desempleo, menor edad de jubilación–, y la mayor esperanza de vida.

Un 59,3% de los pensionados y pensionadas por vejez (más allá de si es contributiva o no), recibe un monto inferior a la línea de la pobreza ($155.598) y un 76,7% percibe una pensión que se encuentra bajo el límite del salario mínimo líquido ($207.288). Pero las mujeres se encuentran en una posición más desventajosa aún: el 70,6% de ellas recibe una pensión menor a la línea de la pobreza (versus el 46,4% de los hombres) y un 85,6% percibe un monto más bajo que el salario mínimo líquido (versus el 66,5% de los hombres) (ESI, 2016).

Recibe una pensión menor a la línea de la pobreza
Mujeres
Hombres
pensiones1
pensiones3
Percibe un monto más bajo que el salario mínimo líquido
Mujeres
Hombres
pensiones2
pensiones4

Fuente:  Elaboración propia en base a NESI 2016.

Más mujeres dependientes y cuidadoras

Según la Encuesta Nacional de Salud 2009 – 2010, las mujeres mayores de 60 años tienen mayor prevalencia de determinadas enfermedades; la mayor brecha entre ambos sexos se produce en el caso de la depresión padecida 19,5% de ellas, versus el 5,5% de ellos. Por otra parte, de acuerdo con la información entregada por el Estudio Nacional de Dependencia en los Adultos Mayores del 2009, el 25,3% de las mujeres y el 22% de los hombres adultos mayores cumplen condiciones para ser considerados dependientes. A medida que aumenta la edad, se eleva la tasa de dependencia. En el tramo de 60 a 64 años, un 10,6% de las mujeres y un 12,8% de los hombres son dependientes, mientras que en los mayores de 85 años esta cifra alcanza el 69,9% entre las mujeres y al 55,9% entre los hombres. Un asunto muy relevante dado el proceso de envejecimiento de nuestra población es que quienes se hacen cargo de los adultos mayores dependientes son en su mayoría mujeres, correspondiendo a un 85,6% de los cuidadores. 

Mujeres
Dependientes
No Dependientes
Hombres
Dependientes
No Dependientes

Fuente:  Estudio Nacional de Dependencia en los Adultos Mayores, SENAMA, 2009.

Conclusiones

Por todo lo anterior, al final del camino, las adultas mayores enfrentan el escenario más adverso en relación con sus pares masculinos. Menores ingresos, pensiones más bajas, peor salud y mayor dependencia: las principales dimensiones en las que las mujeres mayores continúan sufriendo los efectos de inequidades de género vividas a lo largo de sus vidas. 

Recomendaciones

  • Dimensionar correctamente el envejecimiento de la población, a través de la construcción de indicadores que den cuenta de la mayor demanda de cuidado de personas adultas mayores y dependientes. Ello, a fin de impulsar soluciones colectivas y públicas a un problema que afrontará un número creciente de familias, tales como subsidios estatales permanentes a adultos mayores en situación de pobreza, centros diurnos para adultos mayores autovalentes, residencias de larga estadía para adultos mayores dependientes, sistema de apoyo domiciliario para familias que optan por el cuidado en casa, entre otros.
  • Enfatizar la implementación de políticas de salud preventivas, que garanticen mejor calidad de vida a las próximas generaciones, ya que una vejez funcional significa menores costos para el Estado y menor carga en términos de cuidado para las familias. Esto implica también profesionalizar el rol del cuidador/a, capacitándolo y ofreciéndoles políticas de apoyo psicosocial, imprescindibles por la magnitud de su labor.
  • Promover la equidad de género en el sistema previsional, corrigiendo las desigualdades por sexo en el mercado laboral –bajos salarios, alta inactividad, informalidad, desempleo, y menor edad de retiro-, para el aumento del ahorro y las consiguientes pensiones de las mujeres en el marco del sistema actual de capitalización individual.
  • Reconocer el valor que tiene el trabajo doméstico no remunerado, a través del fortalecimiento del Pilar Solidario del Sistema de Pensiones. Porque si bien con el “bono por hijo” implementado en la Reforma Previsional de 2008 se hace un reconocimiento a la labor reproductiva, todavía es insuficiente.
  • Eliminación del tratamiento diferenciado por sexo de la longevidad, tanto en el sistema de pensiones solidarias, como en los cálculos de pensiones del sistema contributivo. Ello, porque las mujeres al tener una mayor esperanza de vida se ven perjudicadas, teniendo que distribuir sus fondos acumulados en un mayor número de años, obteniendo menores pensiones. Se propone la creación de un subsidio público que nivele hacia arriba las pensiones de las mujeres, aportando la diferencia entre la pensión obtenida con la tabla actuarial promedio de las mujeres y la que podrían haber obtenido si los cálculos se hubiesen hecho con una tabla actuarial de hombres.

  • Estimular una política de flexibilidad laboral en términos de horarios y días de trabajo para aquellas mujeres que quisieran continuar trabajando después de jubilarse o bien reinsertarse en el mercado laboral, además de ofrecer capacitación en áreas y habilidades que les permitan aumentar sus ingresos.

  • Resolver la “trampa de la pobreza” que se produce con la Pensión Básica Solidaria (PBS). A esta pensión acceden aquellas personas mayores de 65 años que no tienen derecho a una pensión en algún régimen previsional y que pertenecen al 60% más pobre de la población -entre ellas 290 mil mujeres. Se trata de las personas mayores más vulnerables a las que se les dificulta trabajar porque al hacerlo les sube el puntaje en el Registro Social de Hogares, y pierden la PBS.

Informe GET